Científicos Futuristas

Los Científicos del Futuro queremos que vosotros, habitantes de nuestro pasado, recuperéis en vuestro presente toda la dispersa y denostada obra del siempre iconoclasta Juan sin Credo

jueves, 30 de diciembre de 2010

La prueba


La reseña con saña
Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído el último relato de John Boyne, autor de la exitosa novela El pijama de rayas, titulado La apuesta, confeccionado de cara al Quick Reads, con el fin de fomentar la lectura entre los adultos, que ha sido publicado por la editorial Salmandra y traducido por Patricia Antón en marzo del 2010.

Parece que el narrador está en primera persona y obedece a la conciencia del joven Danny Delaney.
Parece que el contexto histórico puede centrarse en la actualidad, aunque se descarta que sea la temporada 2008-9, año en el que el Norwich City no disputó la Premier League, pues en el relato se comenta que Luke Kennedy asitió a un partido de ese equipo contra el Arsenal. Parece que para el tiempo interno si se muestran precisos datos que enmarcan el relato durante el tiempo de las vacaciones de verano.
Parece que el espacio se ubica en el condado de Norfolk, el quinto más grande de Inglaterra, concretamente en su capital, Norwich. Parece que predominan los lugares cerrados, como la casa de la familia Delaney o, la de sus vecinos, la familia Kennedy, aunque también, en la parte final del relato, abundan los lugares abiertos de la ciudad a causa del deambular errático, durante tres noches, que emprende el joven protagonista al escaparse de casa.
Parece que los personajes principales son el adolescente Danny Delanny, que narra su atípico verano por culpa de un terrible acontecimiento que está a punto de erosionar a su familia, sus padres Russel y Raquel, su hermano -que aparece como el hijo pródigo, rescatando a Danny de las garras de la inconsciencia- Pete. Además, también, son importantes su vecino Luke, su madre Alice y su padrastro, Benjamín Benson, con el que Luke no tiene una buena relación. Por último, no se pueden olvidar dentro de esta relación para la importancia de la trama la familia Maclean, cuyos progenitores son Michael y Samantha y los descendientes son Sarah y Andy.

Dicen que Juan sin Credo opina que este tipo de ejercicios narrativos sirven para fomentar el hábito de la lectura, sobre todo, en los más jóvenes y piensa recomendar este título a sus alumnos. Sencilla lectura que ofrece una breve historia que no tiene mayor pretensión que la de entretener, sin ofrecer ningún tipo de complicación añadida sino la de mantener la familia unida ante las dificultades que van surgiendo a lo largo de la vida.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Todo es silencio



La reseña con saña

Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo se ha leído la última novela de Manuel Rivas, Todo es silencio, publicada por la editorial Alfaguara en octubre del 2010.

Parece que el narrador está en tercera persona, aunque en momentos puntuales la voz pasa a la primera persona de la mano de Chelín, sin quedar demasiado claro a qué impulso del autor obedece este cambio.

Parece que el tiempo externo o contexto histórico se divide en dos etapas. La primera comprende la infancia de los protagonistas, en las postrimerías del franquismo. Tal afirmación se deduce gracias a datos como la furgoneta de los hippies acampados en la playa, las monedas con el águila imperial o las alusiones a las folclóricas del momento. Por otro lado, la segunda etapa se inserta, como mucho, a finales de la década de los ochenta. Aquí, sin embargo, no aparecen tantas referencias temporales y la única guía es el tema principal de la narración: la Galicia mafiosa embadurnada hasta los tuétanos en los turbios asuntos del narcotráfico. El tiempo interno, entonces, refleja, aproximadamente, unos veinte años, desde el final de la niñez hasta la madurez de los personaje principales.

Parece que el espacio se ubica en el ficticia aldea de A de Meus Concello de Bréntema, situado en la Galicia atlántica. Predominan los lugares abiertos, sobre todo la playa, el cabo de Cons, el crucero de Chafariz o el río Mar, pero también los cerrados como la mítica y ruinosa Escuela de los Indianos o la posada Ultramar.

Parece que el personaje principal es Mariscal, Tomás Brancana, el prototipo de capo gallego, que primeramente ejerce como contrabandista pero que termina relacionándose con los grandes narcotraficantes colombianos que eligieron Galicia como ruta de entrada de la cocaína en Europa. Los otros son los niños que crecen bajo la tutela de este hombre carente de prejuicios y que continuarán con el próspero y maléfico negocio hasta extender una sucia red sobre todas las instituciones, ahogadas en un charco pestilente de corrupción. De este modo aparecen Víctor Rumbo, alias Brinco, Nove Luas y Chelín Balboa. No obstante, existe un antagonista que no se suma a tal lucrativo negocio y se pone del lado de la ley, Fins Malpica, consiguiendo, finalmente desarticular la red mafiosa.

Dicen que a Juan sin Credo la lectura de esta novela le ha resultado satisfactoria por dos razones, principalmente. La primera se refiere al tema tratado; la Galicia que estuvo a punto de convertirse en la Sicilia de Atlántico y que gracias a la intervención de las fuerzas de seguridad, -también, aunque no aparezca en esta novela, al grito de las madres coraje que veían a sus hijos caer como cucarachas por el veneno de la heroína- se pudo frenar, encarcelando a los grandes capos como los Oubiña o los Charlines. La segunda razón ha de buscarse en la prosa bella y el exquisito gusto literario que muestra el autor a la hora de confeccionar el armazón narrativo.

martes, 28 de diciembre de 2010

En danzas y desventuras de Juan sin Credo

LA BUTACA NIHILISTA

Las últimas jornadas del curso, antes de las vacaciones de Navidad, toman, muy a menudo, un ritmo trepidante que siempre suelen coronarse con una bajada espectacular de las defensas y la posterior postración convaleciente de unos días en la cama.

Ante ese previsible y temido mordisco enfebrecido de las bacterias estreptococos, que tanto disfrutan anidándose en la garganta de nuestro bienamado Francisco I, el Príncipe de los Ángeles, preferimos anticiparnos y nos acercamos hasta el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón, para contemplar el espectáculo de danza infantil titulado Berta en el Desván, propuesto por la compañía residente en Coslada LARUMBE.

El amplio patio de butacas, con más de novecientas localidades, estuvo prácticamente lleno. En general el público infantil, salvo contadas excepciones, se supo comportar a la altura de las circunstancias. Esta actitud demuestra que la importancia del trabajo sobre las tablas dirigido a los niños cuenta, la mayor parte de las veces, con un factor indispensable para el éxito del montaje. Este factor no es otro sino la sencillez y dejémonos de algaradas y de público interactivo que sólo consigue excitar al respetable y convierte el espectáculo en mera sordidez apabullante de lloros, gritos y demonios.

Previamente a la puesta en escena salío, a la manera del prólogo brechtiano, una de las responsables de la promoción y distribución de la compañía advirtiéndonos de la abstracción simbólica de la danza, en donde la palabra cede su espacio al movimiento corporal que, acompañado de una buena selección melódica, se encarga de transmitir todo el peso del argumento de la obra.

Éste trata sobre los sueños que tiene la joven Berta, Sara Mogara, en el desván de su casa, en el que comparte con otros dos personajes imaginarios, Joaquín Abella y Clarissa Castro, una pugna por los varios objetos de color que en ese lugar se encuentran. El lenguaje del cuerpo de Clarissa es realmente sugestivo, repleto de unas curvaturas expresivas que marcan las pautas rítmicas de la sorpresa, el miedo o la esperanza. Mientras la apostura de Joaquín Abellán, brillante en el vestuario, centra y demanda la atención de las posibles carencias del vacío escénico en las que algunas veces zozobra el espectáculo. Del mismo modo, llama la atención el acierto del uso de las nuevas tecnologías con la pantalla que proyecta las imágenes de esa familia gris, cuya madre, interpretada por Daniela Merlo, asesora, también de la dramaturgia, nos recuerda a esos personajes cómicos del cine mudo.

En fin, la experiencia de asistir, por primera vez en el caso de Francisco I, el Príncipe de los Ángeles, a otra de las disciplina de las Bellas Artes resultó muy positiva. Sin embargo, esa misma tarde empezó a sufrir una fiebre que le tuvo toda una semana fuera de juego, convirtiendo los últimos momentos del trimestre en una pontificación de la infatigable constancia de la paternidad, en aras de un sacrificio desinteresado con miras al panteón ilustre de la gloria anónima.

lunes, 27 de diciembre de 2010

El amor verdadero (elegida por los críticos del Babelia como segunda novela mejor del año)


La reseña con saña

Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído la última novela de José María Guelbenzu, El amor verdadero, publicado por la Editorial Siruela, en su colección Nuevos Tiempos, en abril del 2010.

Parece que el narrador está compuesto de tres voces; la primera es la del narrador omnisciente, el cual se presenta, en la última línea de la novela, con el nombre de Asmodeo (El diablo cojuelo). Un narrador omnisciente de los de toda la vida que interpela, constantemente, al lector con un grado elevado de confianza que permite acercar los hechos haciéndolos muy próximos.
Parece que las otras dos voces están en primera persona. La primera de ellas, la que más peso tiene dentro de la novela, -de hecho la Parte final corre de su cuenta- es la de uno de los protagonistas, Andrés Delcampo. Una voz que habla desde el presente y que, en el transcurso de una tarde y el principio de una noche, reflexiona sobre el amor verdadero que le une a su esposa Clara; un amor duradero que sólo podrá ser interrumpido por la muerte.
Parece que la tercera voz narrativa se encarna en la figura de Clara Zubia, una voz que irá creciendo conforme va avanzando la trama narrativa. Un acierto formidable por parte del autor que es capaz de ir transformado el contenido psicológico del monólogo interior de la protagonista, que si en un principio es frívolo, abrupto y deshilachado con el transcurso de los acontecimientos se convierte en un pensamiento más sereno, más reflexivo y más enriquecedor.

Parece que el contexto histórico se centra en los últimos cuarenta años de la vida social y política en España en una progresión cronológica, sólo interrumpida por la reflexiones de Andrés, primero en la terraza del restaurante al lado del mar Cantábrico y luego en el apartamento mientras contempla el dulce sueño de Clara. De esta manera aparecerán los hechos históricos más relevantes de esta etapa de la historia, como la expulsión de la cátedra de Aranguren y García Calvo, el proceso 1001, el atentado sobre Carrero y la muerte de Franco, el fallido golpe de Estado del 81, la esperanzadora victoria de los socialistas hecha después trizas por los graves casos del corrupción, la entrada en la CEE y en la OTAN, el despilfarro de los Juegos Olímpicos y el Expo de Sevilla, la vergüenza del caso Roldán, la vuelta al poder de la derecha y su mayoría absoluta del año 2000 y la masacre del 11-M, aún fresca en la memoria.

Parece que el tiempo interno de la narración coincide con estos cuarenta años, siendo significativo como el autor imbrica la historia con mayúsculas en la cotidianeidad de la vida de sus personajes. En este sentido es magistral la concomitancia de la muerte de Franco con el descenso a los infiernos -al modo de los eternos personajes de Valle, Max Estrella y su secuaz Latino de Híspalis- por los sórdidos tugurios del Madrid del barrio de Argüelles, que realiza Andrés con los tres bohemios, el tío Pedro Cadavia y sus dos amigotes de correrías Juan de Septiembre y el poeta feerico, Juan de Dios Álvarez Palacios, alias John Palacius.

Parece que el espacio se ubica en el Madrid de la burguesía, el paseo de Rosales, el Parque del Oeste, así como la Ciudad Universitaria, la calle de Cartagena o la plaza de Manuel Becerra, lugares en los que destacan las múltiples tabernas que se citan como el café Teide, el bar el Avión, el café Chun Chao, la taberna taurina El Sobrero, el bar Melbourne, el local Bourbon o el Mr Picwick. No obstante, los primeros instantes de la trama narrativa ocurren en el pueblo de la meseta castellana, del que los protagonistas son originarios, y, como se ha citado con anterioridad, la novela finaliza con el sonido del mar Cantábrico de fondo.

Parece que los protagonistas esenciales son la pareja ideal formada por Clara Zubia y Andrés Delcampo pero también pueden considerarse importantes el tío Cadavia, nigromante causante del hechizo de amor entre Clara y Andrés, cuando contaban tan sólo con cinco años, y la pandilla de amigos, entre los que sobresalen el gigoló, muerto de sida, Héctor, alias Chunchi Mendina, el haciendo honor a su apellido, Luis Bonafé, o el poeta racionalista Fabio Bertoldino.
Parece que entre la multitud de secundarios se pueden rescatar al padre de Andrés, el funcionario leal en el Servicio Nacional del Trigo, Baldomero Delcampo, los amigos Mendo Méndez, el Mendaz -muestra del personaje sin escrúpulos que se quiere enriquecer a toda costa, nacido en la transición del país a la modernidad y del que desgraciadamente todavía campea a sus anchas en los gobiernos autonómicos, provinciales o locales- el novelista de segunda Mateo Perdiz, la tía buenísima Julieta Romero, amiga de Clara desde la Facultad, las hijas de la pareja, Beatriz y Marta, las madres de ambos, fallecidas en un accidente de autobús en viaje del Imserso, Adela, la hermana continuista de Clara, Cosme, el padre de Clara, preboste del régimen y el ángel, hijo de la viuda de Zárate, despreciado por el otrora protegido de su familia Cosme, que terminará en las fauces de los opresores, creando una conciencia de culpabilidad en Clara que será, entre otros, uno de los motivos fundamentales de la intriga narrativa.

Dicen que a Juan sin Credo la lectura de esta novela le ha parecido uno de los acontecimientos literarios del año, a esperas de que en los tres meses que aún restan de negocio editorial aparezca alguna otra novela capaz de competir en calidad con esta obra maestra de Guelbenzu.
Dicen que acaso a esta lúcida, entrañable y completísima novela se le puede reprochar una pizca de inverosimilitud en los parlamentos que en ocasiones mantienen los personajes, muy hinchados de retórica, y, por lo tanto, bastante alejados de la lengua oral.
Dicen que la novela está repleta de buena literatura, -aparte de los encabezamientos de cada capítulo, abundan las citas y los versos de los grandes poetas del XX- cine y música y que se convierte en una delicia para aquellos lectores que buscan el deleite y el placer en una lectura ágil a la vez que concienzuda sobre la historia de España en los últimos cincuenta años.

sábado, 25 de diciembre de 2010

El recio orgullo de la villanía

La butaca nihilista
Vista la trayectoria de los nuevos tiempos que corren, a los que la Casa de Abascal no les va a la zaga, el siempre discreto de su ilustre Secretario, el buen Joan Sermo, me había hecho llegar, vía correo electrónico, la última algarada del Conde animándonos a asistir al Teatro Pavón, sede privada, y ya decana, de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, aunque el mensaje principal de la obra representada, atentará frontalmente contra los principios básicos de su clase aristocrática: ¡¡ una jurisdicción única para todos!!

De ahí la lectura democrática, pero no populista, de su fina inteligencia. El conde de Abascal, con sus elogiosas palabras, da muestras de un sabio aprecio por el trabajo bien hecho, incluso el realizado por un tosco villano que emplea el sudor de sus manos para acumular una rica hacienda.

No obstante, para la temporada 2010-11 ya había obtenido, previamente, el abono. Un hijo de algo hispánico tiene que premiar con su fidelidad el patrimonio cultural que pone en escena los vicios y las virtudes de sus ancestros y qué mejor reflejo para reforzarlas que contemplarlas en los personajes eternos de nuestro excelente teatro clásico.
El alcalde de Zalamea, del gran Calderón, pertenece a ese selecto puñado de obras que han convertido el teatro español en un paradigma de la inmortalidad de algunas de las características principales de la raza hispana. Éstas son el honor y el anhelo de justicia.
Desgraciadamente, y por culpa de un exacerbado culto al becerro de oro, se han ido perdiendo, paulatinamente, dichas cualidades y son un sinfín de politicuelos y de podridos empresarios los que campan a sus anchas sin que aparezca el menor movimiento de indignación por parte de una ciudadanía cautiva a los grandes acontecimientos de la ínfima épica deportiva que tan bien distraen la atención. Por no hablar de la búsqueda de una cabeza de turco, presa y diana del vilipendio de los usuarios aeroportuarios, mientras se debate la reforma de las pensiones para los trabajadores, exceptuándose la vitalicia de los diputados que con sólo siete años de escaño se la llevan completa en las alforjas.

Me tendrán que disculpar, mis queridos y únicos lectores, pero es que la situación general anima a vocear desde todos los ámbitos un cambio social, una justicia para todos. Al menos Lorenzo Caprile rebuscó en los amplios desvanes de la Compañía los fabulosos trajes que se lucen durante la función.

El duelo dialéctico de réplicas y contrarréplicas entre Joaquín Notario, en el papel de Pedro Crespo, y José Luis Alonso, representando a Don Lope de Figueroa son memorables, dignas de un combate de pugilato entre dos pesos pesados. Del mismo modo, la escena del soliloquio de Isabel, a la que da vida la espléndida Eva Rufo, al inicio del tercer acto, es un canto a la desgracia del ultraje sometido por la arrogancia de los más fuertes; una pasión que desborda los límites de un parlamento muy criticado en su día por Menéndez Pelayo por su alto grado de retórica literaria. Eva Rufo sabe trasmitir una esencia íntima de sensibilidad femenina y conmueve sentimentalmente al espectador con la tragedia que se le avecina al haber perdido su honra a manos del prepotente capitán don Álvaro de Ataide, interpretado por Ernesto Arias.

La escenografía es, igualmente sobria, muy del gusto conceptual y abstracto al que nos tiene acostumbrados Eduardo Vasco, como así pudimos observar tanto en La Estrella de Sevilla como en La moza de cántaro. La encargada para la ocasión es Carolina González, que hace uso de un par de muros de madera, color nogal, en suspensión, para crear los diferentes espacios de la obra, la casa de Pedro y el pueblo de Zalamea de la Serena, aparte de los cinco líneas verticales, también de madera, que forman pasillos al fondo, y sirven para dar cobijo al soliloquio de Eva Rufo, en las afueras del pueblo.

Mención especial en este escenario casi desnudo tiene la iluminación, realizada por Miguel Ángel Camacho, que es capaz de crear los planos básicos de la acción, como, por ejemplo, en la escena del bosque, que con los toques en tono ámbar, rojizo y anaranjado pretende simbolizar los árboles, y, también crea los ambientes necesarios y cierta sensación e impresión de lugar, así sucede en esa misma escena que se consigue la impresión de exterior con la entrada de luz asemejando la de la luna llena.

En resumidas cuentas, un clásico muy clásico que triunfará por todas las plazas de España en donde se represente. Un buen texto, unos buenos actores y una mejor puesta en escena garantizan el éxito para que todos los aficionados a nuestro teatro áureo disfruten con esta pieza de nobleza bizarra del castizo sentimiento de unos antepasados que se estarán frotando los ojos de vergüenza, allí donde estén, por culpa de este inmovilismo enfermizo que nos va a llevar a la quiebra estructural de una sociedad apática y egoísta.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Fiesta en la madriguera


La reseña con saña

Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído la primera novela del autor mexicano Juan Pablo Villalobos, Fiesta en la madriguera, publicada en la colección Narrativas hispánicas de la editorial Anagrama, en mayo del 2010.

Parece que la voz narrativa está en primera persona y pertenece a un niño, hijo de uno de los principales narcotraficantes del país. El contexto histórico está centrado en la actualidad, mientras que el tiempo interno dura apenas unos meses, aunque es una aseveración hipotética puesto que tal espectro temporal no se muestra de manera explícita. El espacio se ubica en el palacio del capo mexicano, en París, camino de Libera, y en la capital de ese estado africano, Monrovia. Los personajes principales son el peculiar e inocente infante Tochtli, que vive cautivo en un mundo irreal debido a la condición clandestina de su padre, Yolcaut, y el maestro del pequeño, Mazatozin, el único que parece ofrecer una muestra de sensatez a esa vorágine de muerte y terror en la que están sumidos el resto de los otros personajes.

Dicen que a Juan sin Credo esta novela corta le ha parecido muy interesante al tratar un tema enormemente dramático desde una perspectiva infantil, que quita hierro al asunto y transforma el principal problema que existe en la actualidad en México, el crimen organizado, en una fiesta delirante repleta de disparatado sentido del humor. Dicen que también le ha sorprendido el uso símbolico de los nombres nahuatles, entendiendo que el autor quiere vincular la situación del momento con el origen ancestral del pueblo mexicano, siendo la violencia, entonces, una seña de identidad indeleble.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Sinfonía de pañuelos


LA BUTACA NIHILISTA

Tras las desgarradoras lágrimas que vertió la aguerrida Zeniala durante la contemplación de Incendies en las Naves del Matadero en el mes de septiembre, no nos quisimos perder una de las primerizas obras del autor canadiense de origen libanés Wajdi Mouawad, Littoral. El espectáculo cerraba el ciclo programado por el CDN titulado Una mirada al mundo, que desde principios de octubre se ha encargado de poner en escena las dramaturgias del bielorruso Pankov, el noruego Kompani, el alemán Ostermeier y el belga Cassiers, amén del citado Mouawad.

La historia perfila varios de los asuntos que con tanta maestría se tratarán en Incendies. Aquí encontramos, otra vez, los ecos del mestizaje, del dolor y la crudeza de la guerra, o de las grandes tragedias clásicas, como así sucede con el cadáver del padre por el que se suplica para que pueda ser enterrado en la tierra que le vio nacer. En fin una tragedia que conmueve pero que no está tan bien construida como la posterior Incendies. Al final el sopor se apodera del espectador atrapándole entre las costuras de la butaca, inquietud también provocada por el galimatías de tener que franquear la versión original en francés con los escuetos sobretítulos.

Sin embargo, el montaje es de nuevo excepcional. Me fascina la capacidad de simultanear distintas secuencias de acción actoral en el escenario, dentro de un mismo instante, sello propio del autor. Además, en esta ocasión, también se repite el baño de pintura. En cambio lo más impactante se encuentra en el derribo del panel principal, con un gran estruendo, para crear un diferente espacio escénico, marcado con una difusa y tenue iluminación. Richard Thériault vuelve a ser mi actor preferido, el albacea de Incendies, que representa aquí a ese padre muerto sin tumba. De la misma manera, me agrada el papel interpretado por Jean Albert sobre El caballero Guiromelán, alter ego del protagonista Wilfrid, Emmanuel Schwartz, que simboliza la perdida de la inocencia y el abandono de la fantasía propia de la niñez.

En definitiva, visto Incendies, esta obra nos pareció el material de ensamblaje que otorga a la primera la categoría de una de las mejores obras de teatro del panorama internacional de la última década.

martes, 14 de diciembre de 2010

Lo que sé de los hombrecillos




La reseña con saña

Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído la última novela de Juan José Millás, Lo que sé de los hombrecillos, publicada por la editorial Seix-Barral en octubre del 2010.

Parece que el narrador está en primera persona, el contexto histórico se centra en la actualidad, el tiempo interno transcurre durante la primavera, el espacio se ubica en una gran ciudad y los personajes más importantes son el protagonista, y a su vez narrador, el profesor emérito de economía y escritor de aburridos artículos científicos, y los hombrecillos que habitan a su alrededor. Otros personajes menos importantes son la tercera mujer del profesor, rectora de la universidad, la hija y su pareja de esta última y los jóvenes vecinos del piso de enfrente.

Dicen que a Juan sin Credo la lectura de esta novela corta le ha parecido confeccionada con un ritmo trepidante, puesto que la urdimbre narrativa está sazonada con tal intriga y suspense que le ha llevado a leérsela de una sola vez. Dicen Juan sin Credo piensa que la trama está vinculada a los autores sajones, tanto a Swift como a Stevenson, en cuanto toca el tema del desdoblamiento con esos, llámese en esta ocasión, hombrecillos que pupulan cerca de nosotros y son capaces de doblegar la voluntad más ferrea. Sin embargo, el final le ha resultado atropellado y abrupto, cecernado el autor bruscamente la divertida e interesante historia del anodino profesor que se deja llevar a la perversión y casi al crimen por culpa de su otro yo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Los Once


La reseña con saña

Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo se ha leído la última novela publicada en España de Pierre Michon, Los Once, galardonada con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, traducida por María Teresa Gallego Urrutia y publicada por la editorial Anagrama en septiembre del 2010.

Parece que el narrador está en primera persona y se encargará de contar a su interlocutor, que no es otro sino el lector, las páginas recogidas por el historiador Jules Michelet, acerca de la gestación del cuadro de los Once y la genealogía de su pintor, François Élie Coretin.
Parece que el contexto histórico se centra en el periodo del terror revolucionario que acabó con el Antiguo Régimen en Francia, aunque la historia retrocede hasta 1730 y avanza hasta 1852.
Parece que el tiempo interno transcurre a la vez que el dedicado por el lector a la propia lectura de la novela.
Parece que el espacio se ubica en el valle del Loira, en Combleux y Orleans, en la Iglesia de Saint-Nicolas y en el Louvre.
Parece que los personajes más importantes son el pintor Corentin, los jacobinos Bourdon, d´Herobis y el historidador Michelet.

Dicen que a Juan sin Credo la lectura de esta novela le ha parecido muy interesante, en primer lugar, respecto a la trabazón de su arquitectura narrativa, donde una voz habla sobre la investigación que a su vez hace un falso historiador sobre un falso pintor, reflejando una vivaz veracidad tras unos datos trazados con unos precisos lazos de parentesco. Posteriormente, la novela le ha impactado por ese sesgo culturalista que propone el autor al plasmar esos oscuros fantasmas de finales del siglo XVIII tan próximos en hipocresía y capacidad de manipulación a la clase política actual.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ni dios, ni amo y, por supuesto, sin Credo


Con motivo del centenario de la C.N.T. nuestro siempre iconoclasta Juan sin Credo ha elaborado un pequeño texto que sirve de homenaje a todos aquellos libertarios que han construido una corriente de pensamiento alternativa ante esta sociedad actual que se desmorona por injusta e insostenible.

Podría escribir sobre arqueología política y ponderar, nuevamente, la repercusión de la Revolución española en el ideario anarquista universal. No obstante, me parece que éste es un asunto más propio de los historiadores. Con respecto a este tema se puede consultar el imprescindible estudio, de reciente publicación, llevado a término por la doctora en Historia Contemporánea Dolors Marín, con el título de Anarquistas: un siglo de movimiento libertario en España.

De la misma manera, también tendría que caer en el oportunismo para crear un estéril debate sobre la validez de las tesis pertencientes a una Central Sindical que aglutinó en su momento de mayor apogeo, a finales de 1931, unas 800.000 almas. Únicamente me interesa rescatar, a modo de dardo envenenado para aquellos que se sientan aludidos, unas palabras de Carlos Taibo, recogidas en el epílogo de su antología Libertari@s, en donde dice: “hay que rehuir de todo aquello que acarree la delegación en otros de las decisiones que nos afectan. En este sentido habría que recordar el efecto nefasto que la profesionalización de la política, tantas veces plasmada en la figura de los liberados, ha tenido con el paso del tiempo”. Ahí queda tirado el guante para quien quiera recogerlo.

Se hace evidente que desde cualquier ámbito desde el que se trate, la utopía anarquista necesita de un compromiso enérgico y combativo, principalmente, de uno consigo mismo, para poderse convertir en una posibilidad real de alternativa al sistema. Cuanto menos, esta valiente y noble actitud, de perseverar, prospera y acaba transfromando al ácrata en un ser con una hechura moral diferente a la de otros, más irresponsables o conformistas.

Siendo pues el campo de estudio tan inabarcable, ciertamente prefiero dedicarme a esparcir unas breves ideas para evitar atascarme en el complejo fárrago de una teorización ineficaz. Quizás estás minúsculas semillas aporten un pequeño soplo de confianza para que el movimiento libertario deje de estar invisibilizado y se consolide como una propuesta legítima ante el agotamiento del capitalismo. Sistema que cada vez ahonda más en las desigualdades entre las clases sociales y destruye, cada vez a pasos más agigantados, la vida del planeta.

Y donde digo mis ideas, amplifico mi insignificante voz con la de los grandes pensadores como Noam Chomsky, Cornelius Castoriadis, John Zerzan o Murray Bookchin. Gracias a su estudio contumaz sobre la cuestión se puede decir, entre otras muchas aseveraciones, que el anarquismo reivindica el peso del apoyo mutuo y de la solidaridad frente a la malsana competitividad que nos arrasa desde todos los ámbitos. Incluso que se opone a la dominación del hombre por el hombre, concepto denominado domesticación.

Otra de las ideas clave que se pueden ofrecer con una certera validez, habita dentro del término llamado municipalización. Éste se refiere a construir la sociedad en su conjunto desde la base del asociacionismo. El municipalismo libertario debe, primero, resucitar y después extender la democracia directa local, de tal forma que los ciudadanos adoptemos decisiones que afecten a todas aquellas comunidades en las que participamos.

En definitiva, como ya se ha comentado, la revolución social tiene que venir dada por una gran exigencia de la propia clase trabajadora a sí misma. Tal esfuerzo valdrá como estímulo para abandonar la situación de dependencia e ignorancia que abrirá nuevas vía validas de acceso a la construcción de un mundo nuevo. Para finalizar, se puede concluir en que el momento actual es francamente regresivo, porque frustra la emancipación del individuo al encontrarse con unos cauces de participación tan regularizados e institucionalizados. De ahí la necesidad de una democracia directa, una tecnología humanista y una sociedad descentralizada.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El alquimista impaciente


La reseña con saña


Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído la novela galardonada con el Premio Nadal del año 2000, El alquimista impaciente, perteneciente a Lorenzo Silva, publicada por la editorial Destino, dentro de la colección Delfín y Áncora, en febrero de ese mismo año.

Parece que el narrador está en primera persona y no es otro sino el anodino guardia civil Rubén Belivacqua.

Parece que el contexto histórico se enmarca en la misma contemporaneidad de la fecha de publicación de la obra. Se citan con frecuencia las nuevas tecnologías como el teléfono móvil y la paulatina informatización de los archivos policiales.

Parece que el tiempo interno de la narración se centra desde los primeros de abril, tras la aparición del primer cadáver que desencadena la investigación, hasta las primeras noches de octubre cuando, finalmente, el caso se resuelve.

Parece que el lugar del crimen se ubica en la comarca de la Alcarria, aunque también aparecen otras ciudades como Madrid o la Costa del Sol. También se puede señalar la presencia del espacio de la Central Nuclear en el desarrollo de los acontecimientos.

Parece que los personajes más importantes son la pareja de la Guardia Civil que se encarga de resolver el asesinato del ambicioso Trinidad Soler, el citado Belivacqua y su acompañante Virginia Chamorro. También son importantes los caciques de la zona, enfrentados entre sí por acaparar las subcontratas de los servicios en los alrededores, León Zaldívar y Críspulo Ochaíta.

Dicen que a Juan sin Credo la lectura de esta novela le ha parecido entretenida, en cuanto a que el género policiaco es aquel que más le divierte. Sin embargo, la intriga de los sucesos no le resulta nada convincente, ya que le parece de lo más obvia, sin ningún tipo de atractivo literario. Mucho peor le ha resultado la figura del investigador, puesto que no aporta ni un mínimo de los rasgos esenciales que puedan resaltar su personalidad y le acerquen, siquiera, a los estereotipos singulares que pueblan este subgénero narrativo tan prolífico.

martes, 30 de noviembre de 2010

Teatro de luz negra: oscuro cortocircuito


Una vez más nos acercamos al Centro Cultural Paco Rabal, una de las sedes de las 25 Semanas de Teatro para Niños y Niñas, para asistir al espectáculo programado con el nombre de Ondina Glups, realizado por la compañía aragonesa Caleidoscopio Teatro.
Los alrededores estaban inusitadamente repletos de vehículos y cuando fui a retirar la entrada me dijeron que si previamente no había reservado, no podían darme una buena localidad. En mi descargo aduje las razones de mi experiencia anterior frente al montaje de Un día para incubar. Intentando defender inutilmente a los programadores, la responsable de la taquilla me argumentó que en esa obra, al estar indicada para niños muy pequeños, se redujo el número de entradas puestas a la venta. Supongo que se dio por aludida al ser mirada con unos ojos repletos de estupidez puesto que no me volvió a mentar ni palabra. Retiré los asientos y fui en búsqueda de Francisco I, el Principe de los Ángeles y Rivimar Saavedra de los Conesas.

De vuelta a la sala nos esperaban unos parientes cercanos de Bob Esponja que constantemente pitaban unos silbatos, enervando los ánimos de tan paciente público, y, además, nos dieron unos peces de cartón con color fosforescente en uno de sus lados. Abarrotada la Sala, la algarabía infantil no se calmó apagados los focos y hechas las pertinentes recomendaciones de silenciar los móviles. Desaparecieron los imitadores de Bob Esponja, no si antes resonar sus malditos pitos por última y enésima vez. Así dio comenzó la función.

Hasta entonces nunca había asistido a una representación de Teatro de Luz Negra; el cual se basa, principalemente, en el movimiento continuo en escena de los actores con diferentes marionetas de ese mismo color fosforescente, con una única luz de neón como fondo.

El trabajo del grupo de actores fue colosal y la coordinación entre ellos puede presumir de tener una precisión cronométrica. Incluso el argumento de la puesta en escena tiene un hilo asequible para seguir por tan tiernos infantes con una veta de concienciación ecológica. Las marionetas también eran excelentes y me prendé del horrible monstruo de las basuras, que es vencido gracias a la intervención de la Venus de Botticelli.

Con lo que ya no pude fue con el mogollón, como lo denominó con tanto acierto mi eterna Rivimar, refiriéndose al efecto Cantajuego que tanto trastorno ha causado en la imaginería infantil de nuestros hijos. Ante tanta estimulación musical los pequeños se vieron incapaces de frenar su ímpetu y no pararon de moverse, de saltar en sus asientos, de hablar constantemente. Aquello parecía una clase de secundaria donde el profesor se afana por explicar el predicado verbal ante la indiferencia generalizada de casi todos los alumnos, No te digo nada cuando los actores salieron al patio de butacas blandiendo unas preciosas marionetas que se asemejaban a unas medusas gigantes. Pero el acabose se produjo cuando, sin ton ni son, los actores volvieron a salir, portando esta vez una enorme pelota playera que lanzaban alocadamente sobre el público.

Desbarajuste, improvisación, circo. En fin de todo menos teatro. Escapamos de esa jungla en dónde los niños se habían convertido en jauría agitando ritmicamente, al unísono, el fosforescente pez de cartón que finalmente, o mejor dicho felizmente, se terminó por romper.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La mujer que buceó dentro del corazón del mundo

La reseña con saña

Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído la primera novela publicada en España de la escritora mexicana Sabina Berman, publicada en la colección Áncora y Delfín, perteneciente a la editorial Destino, en septiembre del 2010.
Parece que la voz narrativa està en una peculiar primera persona que pertenece a un personaje con el síndrome de Asperger.

Parece que el contexto histórico está centrado en la actualidad como se atestigua gracias a las numerosas fechas que se desgranan a lo largo del texto narrativo.

Parece que el tiempo de la narración comprende desde que la protagonista empieza a tomar conciencia de sí misma, debido al apoyo incondicional que recibe de su tía, hasta el 2006, aproximadamente unos treinta años.

Parece que el espacio se ubica, en un primer momento, en la ciudad mexicana de Mazatlan, donde se encuentra el negocio familiar la Fábrica de Atunes Consuelo, aunque a medida de que avanza la novela el espacio se multiplica y aparecen otras ciudades como Tokio o Puerto Caerio, situado en Portugal.

Parece que el personaje principal está representado por la entrañable Karen Res, que pasa su infancia sumida en el abandono. Su tía Isabella se volcará en enderezar su aprendizaje cosiguiendo que Karen, a pesar de las limitaciones, se convierta en una de las más importantes empresarias del mercado de conservas atuneras en todo el planeta.
Dicen que a Juan sin Credo la lectura de esta novela le ha parecido, sobre todo al principio, muy dinámica y con un gran sentido del humor pero a medida de que avanza la trama, se va perdiendo fuelle y se precipitan una serie de acontecimientos de lo más estravagantes -como por ejemplo el caso de los terroristas ecológicos- que echan a perder la frescura inicial de esa voz tierna e inmutable que conmueve, por su inocencia, al lector.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Кардинал перекусить (Piccolo bocatto di Cardinale)


La butaca nihilista
De nuevo las predicciones meteorológicas se mostraban funestas para cualquier intento de escapada durante el puente de Todos los Santos. La amenaza de persistentes lluvias nos hizo cambiar de parecer y, finalmente, nos quedamos descansando en casa.

Durante la semana me había aparecido en el correo una invitación de la Sala Guindalera que proponía unas atractivas actividades y, por lo general, distintas a las que habitualmente programa. En parte esta novedad se debía a que una de las actrices principales de la obra que actualmente tienen en cartel, La máquina de abrazar de José Sanchís Sinisterra, se había fracturado un codo en uno de los ensayos.

Me llamó la atención el montaje previsto para el viernes; una reposición de la puesta en escena preparada para La noche en blanco del pasado mes de septiembre, que consistía en una lectura dramatizada basada, libremente, en una novela corta de Chéjov, titulada Tres años, de la que por cierto existe una modesta edición en la Colección relecturas narrativas de Espasa Calpe, traducida por R. Gailart y publicada en el año 2005.

Hasta allí me encaminé disfrutando de la primera borrasca verdaderamente otoñal de la estación entre viento, hojas y gotas salpicando a los pasajeros que esperan taciturnos el autobús. Al ser la sesión gratuita para los socios, nos hicieron retirar las entradas con más de una hora de antelación.

Cómo no podía ser de otra manera, con tanto tiempo por delante me fui a tomar un botellín al bar en donde ponen las cortezas más secas de la cristiandad. A una pobre jovencita, toda repleta de ingenuidad, se le ocurrió pedir un bocadillo de jamón serrano. ¡ Válgame Dios no hubiera sido marrana para no poner su piezas dentales en peligro! -Es que está muy curado – se le ocurrió decir ingeniosamente al patrón. Currado, más bien pensé, viéndole la cara de pena a la inocente y despistada jovenzuela.

Tras el incidente volví de nuevo a la Sala, contento de haber rechazado el pincho de ensaladilla, y me senté a la parte derecha del actor, escuchando extasiado la amena composición que ejecutó al piano el joven Basil. Después Teresa nos agradeció la respuesta a su llamada de socorro. Nos comentó las distintas categorías de asociación que podemos establecer con la Sala y por fin Teatro o casi Teatro.
La particular lectura en clave de humor que hace Juan Pástor, que actuó como narrador en escena, de la novelita de Chéjov se saboreó con deleite, a pesar de su brevedad. Los actores fetiche de la Guindalera a los que ya tuve el placer de verlos en el montaje de Molly Sweeney de Brian Friel , aparecieron elegantemente vestidos con veraniegos trajes de época.

Tanto María Pástor en el papel de la atractiva y dubitativa Julia Serguéerovna, como Raúl del Pozo, representando al solterón adinerado Alexis Laptiev y, de mero comparsa, José Maya, dando voz al desvergonzado Panaurov; más la participación de quince representantes del público, leyendo pequeños aforismos sobre el amor, convirtieron la velada en una agradable disertación acerca de los sentimientos enconados que despierta uno de los principales motores del mundo.

Ciertamente, me sentí tan cómodo como siempre en una de las salas alternativas donde se hace uno de los mejores teatros de la ciudad. No me extraña la envidia de los centros oficiales de la capital, puesto que a pesar de sus millonarios presupuestos no consiguen hacer brillar con tanto brío la estrella mágica de la dramaturgia mientras si se genera un excesivo gasto y derroche por algunos de los extravagantes montajes que en tales lugares, periódicamente, se estrenan.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LO QUE ME QUEDA POR VIVIR

La reseña con saña
Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído el último trabajo narrativo de Elvira Lindo, Lo que me queda por vivir, publicado por la editorial Seix Barral en septiembre de 2010.

Parece que la narradora se encuentra en primera persona, confundiéndose con la voz de la autora por los paralelismos existentes entre la vida de ambas. Tales coincidencias hacen pensar que a la obra se le puede adherir el marbete de Literatura del testimonio, tan en boga entre algunos narradores actuales, émulos de aquellos llamados
Poetas de la Experiencia.

Parece que el contexto histórico se centra en el efervescente inicio de la década de los ochenta que tantos cambios trajo a una España que se despertaba de un largo letargo autoritario, donde la vida para una mujer recién separada con un hijo de cuatro años se tornaba en un cotidiano ascender desde el precipicio.

Parece que el tiempo interno se sucede en ese vaivén de la memoria que repasa varias etapas del pasado desde un presente situado cerca de la mayoría de edad de ese hijo, superviviente de una época del agobio. No obstante la mayor parte de la acción se inserta en esos inicios de la movida madrileña.

Parece que el espacio se ubica en aquel Madrid que empezaba a desemperezarse para levantarse en una mañana de esperanza repleta de libertad irreprimida, premiado con su ingreso en la modernidad.

Parece que el personaje principal es la omnipotente voz narrativa de Antonia y su hijo Gabriel, único asidero en los graves momentos de zozobra existencial de la protagonista. No obstante desfilan otros personajes como su amante temporal, compañero de la emisora y amigo de la familia durante la infancia, Javier Comesaña, la tía Celia, el dicharachero padre o el irreconciliable Alberto, padre de su hijo.

Dicen que a Juan sin Credo este subgénero narrativo, que ahonda en la vida íntima de los escritores, le parece bastante alejado de sus presupuestos estéticos. Dicen que tales presupuestos valoran la creación de un mundo propio mediante la imaginación y la fantasía, dejando de lado esa intromisión de la experiencia en el terreno de la ficción novelesca. Aún así entiende el universo conmovedor que contiene cada una de las vidas, incluso la suya propia; en cambio, reconoce que su trayectoria no ha tenido ningún trampolín mediático que le permita publicar cualquier memez y luego se la clasifiquen como novela, incluso, lo que es más grave todavía, como obra literaria.


sábado, 13 de noviembre de 2010

¿ A quién incumbe el íncubo desubicado ?


LA BUTACA NIHILISTA
Posiblemente a nadie, ni siquiera al escaso público que asistió al fallido montaje de la compañía fialnadesa TEATTERI SUDENNE, aunque no por su culpa sino por los responsables de la edición del cuadernillo del avance de la programación del Centro Cutural Paco Rabal.

En primer lugar existía un error con respecto al precio de las localidades. En la página 14 de dicho cuadernillo venía reflejado un precio distinto al que se nos exigió en taquilla. Pero no acabaron ahí nuestros desvelos sino que aumentaron al darnos con la entrada un octavilla con información de las 25 semanas internacionales de Teatro para niños, en la que se detallaba una franja de edad recomendada distinta a la reflejada en el dichoso cuadernillo propiedad de la Comunidad de Madrid.

Es aquí donde quiero hacer un alto para levantar acta de mi disconformidad, puesto que existe una tremenda arbitrariedad en el empleo de estas etiquetas puestas las más de las veces al azar. Tal confusión genera una desorientación en los progenitores que se cobra con la ruptura del sosiego en los patios de butacas con los múltiples lloros y berridos de los niños, desolados por el aburrimiento y la incomprensión de una representación que no entienden por más que sus padres se empeñen en continuar aferrados al asiento. Clamo y elevo, entonces, desde mi insignificante tribuna una súplica a la Comunidad, en este caso, para que haga gala de su publicitada eficacia y se preocupe más de hacer bien las actividades de las que se ocupa.

Volviendo al asunto principal, decía que la sorpresa fue mayúscula cuando empezamos a contemplar un espectáculo basado en el simbolismo de la mímica, con un acompañamiento sonoro bastante desastroso, producto de un repiqueteo distorsionado de los graves. Para este lamentable incidente ya no vale señalar a los agentes externos a la compañía sino dar un severo tirón de orejas al técnico de sonido que arruinó una parte fundamental de la puesta en escena.

La otra parte de la misma, como se ha apuntado, se apoyó sobre los gestos de una actriz, vestida completamente de negro, que simulaba, con una máscara ovoide blanca y una gasa de seda, también blanca, el crecimiento de un nuevo ser incubado por una coccinella septempunctata, inseto vulgarmente conocido como mariquita. La apoteosis de la función se alcanzó, tras escasos veinticinco minutos de duración, en el momento en el que este ser llegaba hasta la corola de una flor de goma espuma, único elemento decorativo de la obra, que abría sus pétalos y dejaba caer una lluvia de confeti sobre el escenario.

En resumidas cuentas, una deficitaria velada teatral echada a perder por una cadena de errores que degradan el sentido de teatro infantil como cantera de futuras y fieles audiencias, unidas para compartir un sentimiento universal que les haga crecer como individuos libres.

jueves, 11 de noviembre de 2010

LOS RIPENSES NO HACEN RIPIOS




Aquellas labores del Buen Pastor de hombres y mujeres que arriman el hombro pero también de majaderos desmadejados que cardan la lana, me llevaron hasta las fértiles tierras de Rivas. Allí me enteré, gracias a uno de mis cofrades llamado José Guadalajara (del que un día os hablaré con más amplitud), de la celebración del I Encuentro de Escritores de Rivas Vaciamadrid.

Miré minuciosamente el programa y despertó mi curiosidad la asistencia, como invitada, de la escritora Clara Sánchez, última ganadora del devaluado Premio Nadal. Lejano queda el tiempo en el que este premio servía como trampolín de nuevos narradores para transformarse en un valor seguro de ventas en los primeros meses de cada año. Allí se dieron a conocer autores como Delibes o Laforet, incluso el gran novelista vasco Ramiro Pinilla con sus Hormigas Ciegas, que ha tenido que esperar cincuenta años para que esta obra deje de estar cautiva en manos la editorial Destino y así el escritor, en la última etapa de su vida, ha podido recuperar, por fin, sus derechos sobre la misma.

Se daba el caso de que diez años antes Clara Sánchez había ganado el Premio Alfaguara con Últimas noticias del Paraíso, por lo que no ofrecía el antiguo perfil de narrador novel desconocido por la crítica. No obstante, Lo que esconde tu nombre cayó en mis manos allá por finales de marzo y devoré con fruición esa historia de los viejos elefantes nazis que viven invisibilizados en la costa levantina.

Aparqué el coche cerca de la Plaza Ecópolis y me acerqué andando hasta el desapasionado recinto público del centro neurálgico de Rivas. Sin embargo, esos edificios pertenecientes a una estética de la oficialidad muy cercana al estatalismo soviético guardaban un calor humano que ya se percibió nada más pisar el ascensor. Allí se nos comunicó la hospitalización del padre de Clara que hizo de su ponencia una breve aunque amena disertación sobre la importancia de la ciudad de Rivas en su vida y en su obra narrativa.

El espacio para el coloquio se difuminaba en una penumbra solo resquebrajada por la iluminación de la proyección de varias diapositivas relativas a los escritores ripenses sobre unos paneles a ambos lados de la mesa de los ponentes. Quizá tanta oscuridad simbolizaba el velo de seda que debe rasgar el lector para adentrarse en los senderos sinuosos trazados por el escritor o se debía, simplemente, a que las arcas del municipio aconsejaban ahorro en energía eléctrica.

Alegoría o no, si fue cierto que la intervención de Clara levantó mucha admiración entre el público congregado por el sacrificio familiar realizado, además de por su llaneza expositiva que se centró en recordar el rápido crecimiento demográfico de Rivas a la par que el de su hija adolescente. Motivo central que queda reflejado en su novela galardonada con el Alfaguara como el de una enorme luna llena que bañaba las urbanizaciones, vista desde los autobuses de la Veloz llegando desde Madrid.

Del mismo modo, ese desvelo e inquietud del paso del tiempo pronosticaba una incertidumbre personificada en el inapetente protagonista Fran. Dicha sensación está en franca contraposición con el aturdimiento que provoca ese nido de víboras nazis sobre Julián y Sandra, personajes principales del Premio Nadal 2010.

En definitiva, una emotiva velada entre escritores y público que vaticina una prolífica continuidad de los encuentros, en donde no estaría nada mal que se diera una participación más activa de los lectores mediante la realización de algún taller de creación literaria de la mano de alguno de estos autores ripenses.

domingo, 7 de noviembre de 2010

POR-NO VER OTRA

LA BUTACA NIHILISTA

Muchas veces me he referido en estas delirantes crónicas al buen hacer del avezado Juan Manuel Romero. Se podrá poner en tela de juicio el gusto literario de sus textos teatrales pero nunca se deberá criticar su arriesgada búsqueda de un contenido humano, un desarrollo de los acontecimientos, una tensión verbal que anhela el conocimiento. La fábula central de sus obras tendrá mayor o menor conflicto dramático, responsabilidad que ya depende del director del montaje, en cambio, no cabe la menor duda, de que existe un valiente compromiso por el llamado Teatro de Texto.

Reivindico aquí su figura en oposición a la puesta en escena a la que asistí el otro día con mi aguerrida amiga Zenila Volvoreta. El generoso Davinchi Light le había ofrecido las entradas para acudir a una representación en la Sala Triángulo con el sugestivo título de Porno Casero. Pocos eramos los espectadores en la recta final del espectáculo en la Sala, que venía acompañada de muy buenas críticas desde su estreno el 16 de julio y posterior reposición el 30 de septiembre.

Efectivamente, la labor de dirección de Luis Luque ha sido encomiable, sólo superada por el titánico trabajo de las esforzadas actrices Mariana Cordero y Helena Castañeda, sin olvidarnos, por supuesto, del fantastico trabajo de iluminación elaborado por el gran Davinchi Light.

Además, tampoco se puede dejar de lado la acertada elección de un dinámico repertorio musical. En cuanto a la escenografía, se puede señalar que el atrezzo está meticulosamente cuidado con los armarios de cartón, de dónde las actrices cogen el vestuario, cambiándose en la misma escena con las luces apagadas, y con diferentes alfombras que son enrrolladas o desenrrolladas, según la pieza.

Sin embargo, todo este caudal de aunar esfuerzos se ve dilapidado en sostener un texto teatral experimental, vacío de contenido. No comprendo la veta artística de los nuevos dramaturgos que insisten en ofrecer al público historias inconexas, exiguiéndoles un esfuerzo doble; el primero consistente en hacer verosímil aquello que en el escenario se representa; hasta aquí se acepta, pues es la sustancia propia del teatro. En cambio, pedir al público que organice el contenido simbólico de una situación en donde se dan numerosas variables de interpretación lógica me parece demasiado descaro.

Las cuatro historias que se ofrecen a los ojos del espectador tienen un hilo trenzado sobre la angustia, la soledad y la incomunicación del ser humano. Estas frustraciones le arrojan a la urgente necesidad de transformar su medio en la dedicación insólita de labores disparatadas como el sexo amateur, en la primera pieza que da título a la obra, el coleccionismo de arte, en Prerrafaelita, o el secuestro de mascotas, en La Extraña, o, por último, en el fundamentalismo religioso, de la titulada Conversión.

En definitiva, al encenderse las luces mi querida Zeniala resopló y vuestro humilde Juan sin Credo se quedó tranquilo en no ser el primero en valorar la velada y pensar en tiempos y obras mejores.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El talento de Mr. Ripley




La reseña con saña
Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo se ha leído la novena edición de la cinematográfica novela de Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley, traducida por Jordi Beltrán y publicada por la colección Panorma de Narrativas de Anagrama con fecha de febrero de 2000.



Parece que el narrador está en tercera persona y es omnisciente, desmarcándose de la clásica primera persona perteneciente a las novelas del género policiaco por lo que ya es una primera señal para desetiquetarla de dicho marbete genérico.



Parece que el contexto histórico se centra en la contemporaneidad, aunque no hay datos explícitos que permitan enmarcarla con precisión. Se nombra el teléfono, los automóviles, sin embargo es sintomático el dato del transatlántico para viajar desde Estados Unidos hacia Europa lo que aproxima el tiempo externo antes de la decáda de los sesenta, cuando empieza a generalizarse el uso de la avición civil para el transporte de los viajeros.



Parece que el tiempo interno oscila en un periodo no superior a un año. Desde mediados de septiembre hasta junio. El tiempo de la narración se deduce de las diferentes cartas que envía Ripley con su identidad y la de Richard Greenleaf.



Parece que el espacio se ubica, principalmente, en la vieja Italia, rememorando los decimonónicos autores que realizaron el Gran Tour. De este modo se nombran las ciudades de Nápoles, Roma, San Remo o Venecia.



Parece que el protagonista principal es Tom Ripley, siendo su minuciosa configuración psicológica uno de los valores más importantes de la novela. Otros personajes menos elaborados son Richard, Marge o Herbert Grenenleaf, padre de Richard.



Dicen que a Juan sin Credo esta novela le ha parecido un poco desfasada, carente de interés, en cuanto representa a un mundo caduco de esa impertinente superioridad americana sobre el resto del planeta. Puede que sea el germen de la novela negra o incluso se pueda emparentar con la policiaca pero la resolución de los conflictos de una manera tan abrupta resta credibilidad a los sucesos narrados, convirtiéndola en un simple guión televisivo de serie B, alejada del canon estético que tiene que ofrecer una buena obra literaria.

sábado, 30 de octubre de 2010

Miguel Hernández: Poeta del Pueblo II



...Impulsado por el anhelo de triunfo, el poeta oriolano se marchó, precipitadamente, a la capital, iniciada la década de los treinta, buscando fortuna. Enfermo, muerto de hambre y con los bolsillos vacíos de fama y de dinero volverá a la huerta levantina. Únicamente, consiguió leer valiosos y gruesos volúmenes en la Biblioteca Nacional y que su nombre comenzase a sonar en la Diputación de Alicante, gracias a la pequeña entrevista concedida a Ernesto Giménez Caballero -uno de los destacados fundadores de las JONS- en la Gaceta Literaria, donde se anunció la noticia de la aparición de un nuevo poeta-pastor.


De vuelta al terruño continuará perfeccionando el estilo de su voz personal, aún así su primer libro estará plenamente influenciado por las tendencias neogongorinas que todavía resonaban en el ambiente poético del momento, a resultas del homenaje del tercer centenario de la muerte del poeta cordobés Góngora. Perito en lunas (1933) será por lo tanto, un libro artificioso, donde predomina un juego repleto de virtuosismo que busca la belleza formal como fin último del arte.


Olvidado por la crítica y sepultado en el los nichos del silencio por los señoritos de la Residencia de Estudiantes, no cejó en su empeño de mostrar su valía y se dedicó a escribirles cartas. Entre ellas destaca su conocida correspondencia con García Lorca, a quien, sin acuse alguno, había enviado su libro. Tras una segunda y más virulenta carta, se hizo proverbial la alergia del poeta granadino hacia el joven levantino que se tornará legendaria.


Refugiado en el calor de sus amigos de toda la vida, seguirá frecuentando la tertulia de su pueblo y escribirá un auto sacramental, al más puro estilo calderoniano. Obra dramática cuyo interés consiste en poner en escena los tres momentos cruciales de la historia de la salvación del Hombre; la creación, la caída y la redención. Parte de esta pieza, Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, se publicó en la revista dirigida por Bergamín, Cruz y Raya. Revista de fuerte filiación católica, al igual que la oriolana Gallo Crisis, fundada por Ramón Sijé, en la cual Hernández había publicado varios poemas y de la que Pablo Neruda comentó que desprendía demasiado olor a iglesia y estaba ahogada en incienso.


Durante esta época, en la que Miguel trabaja de pasante en una notaría, se producirá un hecho fundamental que marcará, a partir de ese momento, el rumbo de su vida y, por ende, de su poesía. Todas las tardes al salir del trabajo se cruza con una pálida muchacha de ojos y pelo negrísismos de la que se enamorará perdidamente. Josefina Manresa, hija de guardia civil, se convertirá en la musa que necesitaba el poeta para impregnar a sus versos de una voz propia que culminará en la obra El rayo que no cesa, publicada después de un nuevo viaje a Madrid en 1936.


En esta ocasión si establecerá fuertes contactos, sobre todo con el citado Neruda, pero también con Vicente Aleixandre. Además en esta nueva estancia en la capital, conocerá una época de relativo desahogo económico al servicio de José María de Cossío, para el que trabaja en la confección de su monumental enciclopedia de Los toros, y mantendrá una relación muy especial con la pintora, integrante de la Escuela de Vallecas, Maruja Mallo.


La evolución ideológica, fruto de sus nuevas amistades e, igualmente, motivada a la par que la detonación del estallido de la Guerra Civil, se verá reflejada en sus siguientes obras. Su gran amigo, Ramón Sije, se preocupó, bastante, al ver como iba perdiendo, paulatinamente, su órbita de influencia sobre el presuntuoso poeta. Desgraciadamente, la antigua amistad se truncó de raíz al morir Ramón de una forma repentina. Muerte que tuvo el efecto para que Miguel pudiera componer una de las piezas fúnebres más emotivas de toda la literatura española.


A causa del fragor bélico provocado por la contienda se forjará el icono del poeta que, erróneamente, se nos ha trasmitido para la posteridad. Un miliciano que arenga a las tropas desde la primera línea de batalla con una poesía panfletaria y un teatro propagandístico de escaso, por no decir nulo, valor artístico, titulado Teatro en la guerra que está compuesto por cuatro piezas breves La cola, El hombrecito, El refugiado y Los sentados. De esta etapa, comprendida de 1937 a 1939, apenas se pueden salvar algunas composiciones de Viento del pueblo, y, por encima de toda su obra dramática, El labrador de más aire, un texto teatral que nada tiene que envidiar a las más castizas tragedias de nuestro periodo clásico.


Según Díez de Revenga, uno de los responsables de la comisión encargada de los actos del centenario, destaca en Hernández una primera vocación teatral. De hecho, en su Orihuela natal, dentro de una rudimentaria compañía de aficionados, desempeñó uno de los papeles en el drama Los semidioses, de Oliver. Además, con el grupo “La Farsa” actuó en el papel principal de Juan José, de Dicenta, en la Casa del Pueblo y en el Círculo Católico locales.


La lectura de El labrador de más aire impresiona por el vigor poético que desprenden sus versos de arte menor. La crítica la ha relacionado con las comedias de “Buen Villano”, entre las que se encuentran el Peribáñez o el comendador de Ocaña, El alcalde de Zalamea o Del rey abajo ninguno, todas ellas pertenecientes a nuestros autores áureos. No obstante, la originalidad de la obra está por encima de la simple imitación de sus modelos, porque Miguel tuvo la capacidad de dotar al protagonista, el labrador Juan, de una arrogancia propia del resentimiento de clase, cuestionando el orden social establecido, motivo revolucionario que nunca podría aparecer en las comedias clásicas.


Con la sombra de la derrota sobrevolando el bando republicano, cerniéndose como agoreros pájaros negros encima de las tropas leales al gobierno legítimo, la última parte de la obra del poeta levantino se torna más cruda y desesperada, como se puede confirmar en su libro de poemas El hombre acecha (1939). La victoria de los nacionales provoca la desbandada de muchos lugartenientes comunistas que le dejan en la estacada. En su huida por la frontera portuguesa fue hecho prisionero por la policía de Salazar y entregado a las autoridades franquistas. Incomprensiblemente es liberado, aunque parece ser que la mano de Neruda tuvo mucho que ver desde su posición privilegiada en la embajada chilena de Francia.


Una vez recuperada la libertad siente la necesidad imperiosa de contactar con su mujer y su hijo Manuel Miguel, al que le dedicaría, de nuevo desde la cárcel, las Nanas de la cebolla, que es la más patética canción de cuna de toda la literatura española, recogida en su último libro Hijo de la luz y de la sombra. El poeta del Pueblo no volverá a ser libre. De prisión en prisión, entre ratas, frío y muerte, terminará contrayendo unas fiebres tifoideas que culminarán en una tuberculosis pulmonar aguda, apagándose su vida el 28 de marzo de 1942. A su muerte deja inéditos el propio Hijo de la luz y de la sombra y Cancionero y romancero de ausencias, en cuanto a libros de poesía se refiere, y El torero más valiente, Hijo de la piedra y Pastor de la muerte, dentro de su corpus teatral.


En definitiva, se puede considerar la vida de Hernández como un destino basado en la superación de sí mismo. Una superación supeditada a su portentosa capacidad para la escritura poética. Desde niño fue su único sueño que se vio cumplido al adquirir el papel de altavoz entre las trincheras.


Puestos a pensar, tengo el convencimiento de que el autor del Rayo que no cesa, hubiese conseguido, igualmente, elevarse hasta las cimas del monte Parnaso sin el trampolín del salto al mundo mítico de los héroes que le proporcionó la algarada bélica. Por este motivo, me parece deleznable la utilización partidista que se hace desde algunas organizaciones políticas con motivo de su centenario. Por encima de cualquier ideología, Miguel fue un Poeta del Pueblo, al saber plasmar en sus versos, con detallada maestría, los sentimientos y las emociones de los más humildes y necesitados.


Para finalizar, me gustaría señalar la poca valentía que se está demostrando desde las instituciones gubernamentales al no contar entre los actos de centenario ninguna propuesta escénica de la obra dramática del poeta oriolano. Un texto, en este caso El labrador de más aire, que iguala en belleza plástica pero supera en contenido tantas otras de nuestras comedias clásicas bien se merecería una oportunidad, dentro de las actividades programadas en su honor, para su representación a cargo de las compañías estatales, como, por ejemplo, la más indicada, según mi parecer, sería la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Miguel Hernández: Poeta del Pueblo I



¡¡ Válgame en qué situación me hallaba al haber dado el sí por respuesta siendo tanto mi desconsuelo!! ¿Qué podía saber, infeliz de mí, de uno de los mejores poetas en lengua castellana de todo el siglo XX? Aún así, me dejé convencer por la locuacidad amable de mi compañero de claustro Alonso Egaleo de Cartagena y me embarqué, sin saber a ciencia cierta, en qué ignoto puerto atracaría.


Claro que había leído el Rayo que no cesa. Incluso conocía Perito en lunas, Viento del Pueblo o Hijo de la luz y de la sombra, además del la obra de teatro El labrador de más aire. Sin embargo, todavía me parecía poca enjundia para cubrir las expectativas que en mí había depositado el buen Alonso.


Entonces devoré catálogos con millares de noticias bibliográficas acerca de la vida y obra de nuestro homenajeado poeta. Ante tal ingente cantidad de documentación, me decidí por los extremos. Fue entonces cuando seleccioné entre el primer y el último titulo que tratan sobre su biografía.


De esta forma, inicialmente comencé la lectura del trabajo de Concha Zardoya, Miguel Hernández (1910-1942) Vida y obra, publicado en 1955 y reeditado en el 2009 por la editorial NORTESUR. Este documento tiene el valor de ser pionero en la larga bibliografía hernandiana, donde se acomete, desde el apasionamiento no exento de rigor, el estudio de su breve trayectoria vital y de las claves de su poesía y teatro.


Por otro lado, con posterioridad, acometí la siguiente del libro El oficio de poeta. Miguel Hernández, de Eutimio Martín, recientemente publicada (febrero de 2010), en la editorial Aguilar, estudio en el que se reconstruye su devenir humano y literario, así como también desvela algunos aspectos pocos conocidos o ignorados de su personalidad.


Con este caudaloso equipaje de información relevante, ya me sentía capaz de viajar entre los meandros de la escritura periodística. Tales lecturas, además de mi propio bagaje cultural, bien me permiten ofrecer unos datos básicos de la vida y obra de Miguel Hernández, aderezados, finalmente, con unas pequeñas pinceladas, desde mi modesta visión personal, acerca de cómo se están tratando las conmemoraciones en honor del centenario de su nacimiento.


El futuro poeta y dramaturgo, nació en Orihuela, el 30 de octubre de 1910. Siempre se ha pensado que provenía de una familia humilde, pero lo cierto es que su padre, don Miguel, gozaba de una situación económica que, sin duda, podía calificarse de acomodada. Aunque prácticamente analfabeto, su oficio consistía en ser tratante de ganado caprino con un montante alrededor de las seiscientas cabezas anuales.


Miguel Hernández tuvo que abandonar pronto los estudios, por mandato paterno, para trabajar como pastor de cabras, bien porque su padre aborrecía las letras, bien para ayudar en el próspero negocio familiar. Sus escasos años en la escuela, bastaron para que sintiera, ya para siempre, la necesidad de la lectura y la escritura.


Frecuentó tanto la Biblioteca del Círculo Católico, como la del Casino Orcelitano. En primer lugar, leyó los clásicos del Siglo de Oro -entre los que figuran Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, pero también, Lope de Vega, Quevedo o Góngora- para continuar, posteriormente, con la lectura de los autores contemporáneos, de los destacan Machado, Juan Ramón o Gabriel y Galán.


Esta afición desmesurada por la lectura y una permanente observación de la naturaleza que le rodeaba, le llevó al irresistible interés de manifestar su prodigiosa sensibilidad lírica. Así fue como comenzó a escribir sus primeros versos que pronto mostraría a sus amigos Carlos Fenoll y Ramón Sijé, asimismo aficionados a la poesía, en la frecuentada tertulia de la tahona del padre de Carlos. Sijé, cuyo verdadero nombre era José Marín, además de estar unido al Miguel por una gran amistad, fue su primer mentor y mecenas...

jueves, 28 de octubre de 2010

La nieta del señor Linh




La reseña con saña



Se oye comentar a la gente del lugar que Juan sin Credo ha leído la penúltima novela de Phillipe Claudel, La nieta del señor Linh, traducida por José Antonio Soriano Marco y publicada por la editorial Salamandra en marzo del 2006.



Parece que el narrador está en tercera persona, utiliza la frase breve que dota de un gran dinamismo a la fábula y el tiempo verbal que se emplea es el presente, para ofrecer los hechos a los lectores con un cercanía próxima a lo sentimental.



Parece que el contexto histórico se centra en la modernidad urbana pues se habla de barcos, automóviles, parques o tíovivos, pero no existe ningún dato objetivo que lo pruebe fehacientemente, aunque se infiere por las constantes referencias socio-culturales que el tiempo externo pertenece a la época de la guerra de Corea o del Vietnam.



Parece que el tiempo de la narración sucede en un arco temporal de dos estaciones, desde bien entrado el otoño, ya en el mes de noviembre, hasta los primeros días de la primavera.



Parece que el espacio se ubica en esa desconocida ciudad del mundo occidental a la que llega el anciano Linh, después de una larga travesía en barco huyendo de la muerte de su aldea natal. Predominan los lugares cerrados como la primera vivienda, en donde comparte techo con otras familias de refugiados o la residencia de ancianos, que pretender ser para las autoridades oficiales su última morada. El lugar abierto del parque simboliza la libertad.



Parece que los protagonistas son el señor Linh y su nieta, que cuenta tan sólo con seis semanas de vida al inicio de la narración. Otro personaje importante es el Hombre del banco, el señor Bark. De menor importancia son las familias de los refugiados y la mujer del muelle o la joven interprete Sara.



Dicen que a Juan sin Credo esta novelita le ha parecido una entrañable historia que canta a la capacidad que tiene el ser humano de aferrarse a cualquier motivo que merezca, realmente, la pena para poder sobrevivir. Dicen que a Juan sin Credo este tipo de sentimentalidad la prefiere en verso y que la novela lírica es un subgénero que tiene un oscuro futuro en una sociedad de mercado pendiente del número de ventas; de ahí su formato breve para hacerla rentable.

lunes, 25 de octubre de 2010

El Brujo desembrujulado






LA BUTACA NIHILISTA




Escribía hace algunos días el gran merengón Alfredo Relaño, en su columna diaria del AS, sobre el buen momento de juego que están atravesando los blancos, arengados por el peculiar estilo de su entrenador portugués Jose Mourinho. Confiaba que la buena racha se tendría que ver refrendada contra otro gran equipo, a resultas de su enfrentamiento con el siempre temido AC Milán del magnate Pantalone Berlusconi.



Ante ese mismo primer gran enfrentamiento de la temporada, me encontraba cuando me acerqué al Teatro María Guerrero para contemplar el último órdago dramatúrgico de El Brujo, El Evangelio de San Juan, al que asistí felizmente acompañado de los siempre discretos condeses de Abascal, los marqueses de EsPerales y mi adorada Luz Sonora de la Partitura.



Ya había tenido el honor de presenciar los encantos paraverbales y dialógicos de su repertorio con su anterior espectáculo El caballero de la palabra, en una plaza de segunda, Torrejón de Ardoz, cuna de mi amantísimo amigo, el siempre magno Doctor D´ia Trives. De ahí nacía mi inquietud, pues en aquella ocasión no tuve el placer de salir muy satisfecho, a pesar de las estruendosas carcajadas con las que el respetable torrejonero, que por cierto abarrotaba la Sala, agasajó los chascarrillos y bastonazos del veterano actor.



Tampoco sobraron butacas esta vez en el gran recinto de la capital. La escena abierta mostraba el estudio de un nigromante del Logos, con una mesa de madera llena de cartapacios a la izquierda del espectador, unos candelabros, también de madera, diseminados por el tablado y una pizarra en el medio con el símbolo teológico del Verbo o Hijo de Dios. Tanto a izquierda como a derecha, dos por cada lado, se situaron unos músicos con instrumentos de viento cuerda y percusión. De azul celeste, con unos pantalones bombachos y una camisa ancha de lino, apareció el gran mago; Rafael Álvarez, El Brujo.



Desde el bautizo en el río Jordán hasta la resurrección de Lázaro, pasando por las bodas de Cannaán o la Última Cena, El Brujo se sumerge en un laberinto donde el maremágnum de fuentes, traducciones o interpretaciones sobre la figura de Cristo se ofrece como una cosmovisión espiritual alejada del cualquier pretensión racional que pretenda encasillar la doctrina en un único punto convergente. Así es el Evangelio de San Juan; una corriente cultural, gnómica y apocalíptica que plasmó su veta lírica en intentar comprender y aunar las diversas teorías teosóficas que pululaban por la región de la actual Palestina, allá por los primeros años de nuestra era, marcada por el nacimiento del Mesías, Jesús de Nazaret.



Toda esta vertiente mística se adereza con un buen puñado de chistes referidos a la más reciente actualidad. Además hay que apuntar un nutrido repertorio de saltos, guiños y zapatazos que descargan la tensión intelectual del mensaje para rebajarlo a la categoría de lo bufo o carnavalesco. De la misma manera, la azulona atmósfera creada por la iluminación de los focos sobre el escenario, ayuda a enmarcar el acto dramático en esa dimensión infinita y eterna de un universo en un constante movimiento.



Aún así, tras una hora y quince minutos, incluido el descanso, el último tramo se convirtió en un suplicio. Al Brujo ya no había por dónde agarrarle. ¿Se había desinflado tras el descanso? Una carta electrónica del secretario de mi querido cofrade el conde de Abascal, su sufrido Joan Sermo, me puso tras la pista.


-Toda la obra se había sustentado en una gran pantomima carente de conflicto dramático. Ese hechizo que nos mantuvo durante algún tiempo concentrados, boquiabiertos, incluso sonrientes se desvaneció en cuanto se encendieron las luces de la Sala y desapareció el rumor de las estrellas centelleando a la luz débil de las candelas...-



En definitiva, una propuesta escénica arriesgada que se fractura con el intermedio y que necesitaría una descarga de alguna que otra secuencia para aligerar el entramado borroso de la parte final; siendo el más sólido valor de todo el conjunto de la obra la gran experiencia, el tremendo desparpajo y la entrega de un público siempre fiel del inigualable Rafael Álvarez, El Brujo.